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Dos proyectos de biopic demorados recobran impulso. La película sobre el líder de la banda Queen ya tiene director, y la historia del legendario guitarrista tiene otro músico como protagonista.

Dos vidas de película tendrán sus versiones cinematográficas. Por un lado, el actor Sacha Baron Cohen (que en estos días pasea su mediática imagen caracterizada para la película El Dictadoravanza en el proyecto de encarnar al genial Freddie Mercury, y ha dado un paso decisivo: contactar al director Stephen Frears (Susurros en tus oídos, Chéri, The Queen) para sumarlo.

Otro mito que llega a la pantalla es el guitarrista Jimi Hendrix. En tres semanas comienza el rodaje dirigido por John Ridley y titulado All is by my Side. Así, se acerca a buen puerto una larga batalla legal que enfrentó a la heredera de Hendrix (su media hermana) con la producción y que, aunque todavía no ha concluido, parece tener buen pronóstico. ¿Quién encarnará a Jimi Hendrix? El cantante André 3000 (André Benjamin), de la banda Outkast.

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A 20 años de su separación, el dúo formado en Madrid por Roberto Pettinato y Guillermo Piccolini, espantó la nostalgia del regreso a puro acid-rock y electrónica de choque.

En un fin de semana con la agenda cargada de visitas internacionales, Pachuco Cadáver revivió como esos emblemas sagrados del under de aquí o de allá: áspero y desafiante, el dúo formado por Roberto Pettinato y Guillermo Piccolini ofreció un concierto tan ecléctico como la variedad de estilos que integran su módica discografía, tan sólo dos discos, 3 huevos bajo tierra (1991) y Life in La Pampa (1992). El regreso tuvo una consigna, “volver antes de que se mueran sus fans”, y una intención, probar 20 años después cómo suena aquella invención que muy pocos escucharon en tiempo. Vale la pena sacudir la memoria, sobre todo para las nuevas generaciones que tienen a Pettinato como una estrella televisiva y, en menor medida, como un ex Sumo. De aquella diáspora que provocó la muerte de Luca Prodan, Pachuco Cadáver fue el nombre menos aceptado por los devotos de la banda: el origen madrileño, la propuesta para nada rockera y sus intenciones experimentales cantadas en su mayoría en inglés, convirtieron al dúo en una marca de culto que supo meterse en las giras del Nuevo Rock Argentino a principios de los 90 (junto a Todos Tus Muertos y Peligrosos Gorriones) y fascinar a un montón de adictos a la piscodelia de Barrett, la electrónica chamuscada de Suicide o el after-punk elegante de los Wire. Muchas referencias para arribar a un sonido original y de libres pensadores totalmente imbuidos por un humor ácido, que en vivo era pura energía junto a los servicios de Willy Crook y Gillespi (en aquella época todavía conocido como Marcelo Rodríguez). Pachuco se quedó con la parte intelectual y el objetivo de riesgo que trajo Luca. Una formación de existencia efímera que a fines del 92 se disolvió casi de la misma manera en que había nacido, oculta y esquiva.

Dos décadas después todos esos experimentos clase B suenan actuales y los dueños de esas ideas de laboratorio parecen estar de vuelta de todo. Pettinato sube al escenario del ND/Ateneo luciendo una máscara blanca, mezcla de monstruo marino y luchador de catch, a su derecha Piccolini ocupa su lugar detrás de sus teclados y sintetizadores que están tapizados de papel plateado al igual que los retornos; la escena tiene algo de las escenografías bizarras de los films de Ed Wood. El primer tema es casi una prueba de sonido, una señal de ajuste, la canción deforme no está incluida en ningún disco, “La nariz y la bestia” suena orquestal y destartalado con Petti preguntándole a su guitarra por donde van a ir los ruidos. Al toque, “Deadly Town” propone un ritmo juguetón y la primera referencia al sonido Pachuco, eclecticismo y desgano vocal, psicodelia 80 y cuelgue para bancar una melodía pop. En “Trippers” sube Gillespie y Sr. Flavio para agregar más sonoridades a ese menjunje de lisergia y jazz intoxicado. Todo va a seguir en esa sintonía, imprevisible y cambiante, muy volador arriba y abajo del escenario, con el enmascarado cantando mejor que hace 20 años y su coequiper manejando todos los hilos de esas frecuencias que crecen entre ruiditos de otro planeta y delicadas notas de piano cuando la canción pide melodía (“Don’t See You”). Hay claros en la platea, pero los que estuvieron allí van a recordar por siempre cuando suena “Happy Fly” y una larga figura toma la guitarra para flotar junto a los colgados, es Sky Beilinson y su sonrisa conjuga perfectamente con el ambiente de disfrute. Luego suena “Insectos”, hit marciano y uno de los pocos temas en la lengua de Cervantes, con los bichitos haciendo ruido por la sala. Aquí Piccolini vuelve a mostrarse como un patrón del detalle, pasa del sonido de órgano a los sintetizadores en la escuela económica fundada por Neu! y difundida por Brian Eno.

Lo que sigue es explosión en frecuencia freak-power: “Rock N’ Roll Vermellion” con el bajo de Flavio al servicio del minimalismo y su pequeño hijo Astor (tan sólo 14 años) desde la batería, la ausencia de Fernando Samalea ni se notó. Más sueltos y totalmente lanzados, el dúo y asociados paseó por las diferentes estaciones de un viaje en el tiempo que por no tener competidores se volvió atemporal y tan vigente como las versiones adulteradas de “Sunshine of your Love” (Cream) o “I’m The Fly” (Wire). Más oscuro sonó el cover de Sumo, “Estallando desde el océano”, la cita no guarda ninguna relación con el tema original: el piano martillante de Piccolini recuerda a John Cale en su etapa más furiosa mientras Pettinato lanza alaridos en medio de una tormenta cercana al free-jazz que impone Gillespi.

León Gieco festeja desde los palcos, la plana mayor de Expreso Imaginario, encabezada por Pipo Lernoud, hace lo propio en la platea, y los más anónimos confirmamos que no había mejor opción en la agenda porteña del sábado al noche. El bis es emotivo, se escucha el tema que cierra “Life in la Pampa”, “My Heart is Gone”, una canción acústica dedica a Luca. “Mi corazón ya partió, déjenme en paz”, canta Pettinato visiblemente emocionado, aunque la máscara no deja ver señales de lágrimas. Es el final amigos y el ex Sumo se despide lacónico: “Gracias por recordar”.

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Con el registro de sus tres shows en el Gran Rex, un suculento box-set repasa los cuarenta años de carrera de García, “un delirio creativo muy controlado”.

Para los fans de Charly García, la caja 60 x 60 puede ser un regalo formidable. Pero, principalmente es un regalo maravilloso y merecido para el propio Charly, que, dicho sea de paso, constituye una buena respuesta a los escépticos que no creían en su recuperación, o a los que preferían verlo autodestruirse en escena. Básicamente, 60 x 60 es un box set con el registro de los recitales realizados en el Gran Rex entre el 27 de octubre y el 1° de diciembre de 2011, en los cuales presentó tres programas distintos: La vanguardia es así, Detrás de las paredes El ángel vigía. Contiene el audio de los recitales en tres CDs, el registro visual de los conciertos sumado a imágenes extra en tres DVDs, un libro de fotos, un póster y una lámina numerada con un dibujo de Charly. Es una edición sumamente cuidada, desde el póster con un collage de fotos de toda su carrera y las letras en el anverso (que recuerda al que venía con el Album Blanco), hasta el diseño de las tapas de los CDs, que evocan las de los discos simples (de los sellos Polydor, Odeon “Pops” y Music-Hall), pasando por las excelentes fotos de losshows en el libro, las imágenes en HD de los DVDs y el impactante audio de los CDs, masterizado por Ted Jensen (The Police,Santana, Madonna y otros).

El nombre del box hace alusión a los sixties, su década preferida, y también a su edad. Como le confiesa a Juan Alberto Badía en los extras: “Me cayeron muy bien los 60, me agarraron en un delirio creativo pero muy controlado”. Así se lo ve a García, plenamente en control, disfrutando la situación a la vez que conduce sin fallas la compleja dinámica del concierto. Hay un vago eje temático en torno a los tres shows: El ángel vigía son “los temas melancólicos, lo más parecido a ese tango rock que yo digo que hago”; La vanguardia es asícontiene los temas más rockeros, y Detrás de las paredes agrupa muchas canciones en torno del encierro o la prisión, ya sea social o individual. Lo que impacta ante este cuerpo de trabajo que resume 40 años de carrera es, en primer lugar, la extraordinaria calidad de las casi 60 canciones seleccionadas; luego, la manera en que hoy García arregla e interpreta ese material, reuniendo en una misma banda (The Prostitution) a un grupo de rock y un trío de cuerdas, interpretadas por Christine Brebes, Alejandro Terán y Julián Gándara.

A la banda de “los chilenos” (Kiuge Hayashida, Carlos González, Toño Silva), Carlos García

López y Fabián von Quintiero, se suman Rosario Ortega en voz (que se adueña del lugar que ocupó hace tiempo Hilda Lizarazu) y Fernando Samalea, con un sensible aporte en vibráfono, bandoneón y percusión. “Es la primera vez que toco con una orquesta”, dice Charly, definiendo a uno de sus mejores ensambles. Los arreglos revitalizan y enriquecen las canciones, mientras que las participaciones de Nito Mestre, Juanse, Pedro Aznar y Fito Páez generan momentos inolvidables. “Todos nos pusimos el guardapolvos de una fábrica de música. Ese es el mayorhallazgo”, resume García con su puntería habitual.

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Al mando de sus High Flying Birds, el alma máter de Oasis presentó su proyecto solista en Buenos Aires en el marco del Personal Pop Festival.

Si en una hipotética división de bienes post separación de Oasis, Liam Gallagher recibió a sus compañeros de banda a modo de bien material, a su hermano mayor le tocó algo menos tangible pero de un valor simbólico mucho más fuerte: el núcleo compositivo de la banda de Manchester, su nervio creativo. Y mientras Beady Eye busca a los tumbos cómo seguir atizando un fuego que da sus últimos chispazos, Noel Gallagher apela a lo que mejor le sale: el noble oficio de escribir canciones de irreprochable raigambre británica. Pop en el sentido más concreto del término: la medida justa de la canción popular inglesa, en la senda transitada por los Beatles, Ray Davies, Pete Townshend y Paul Weller.

Esta flamante etapa solista encuentra al alma máter de la banda inglesa de rock más convocante de los últimos quince años en un estado un tanto más sereno, como si fuera un paso obvio hacia la madurez al pasar la barrera de los 40. Secundado por una banda prolija y sólida, Gallagher ya no apuesta por el cimbronazo distorsionado, sino por una propuesta que, aun cuando recorre el repertorio de Oasis, lo hace por algunas de sus páginas más pacíficas. Tal vez por eso mismo, la elección de un predio al aire libre para esta edición del Personal Pop Festival (un GEBA a medio llenar) no pareció la opción más acertada. Si la noche anterior en el Orfeo el intimismo estuvo a la orden de canciones como “Talk Tonight” y “Whatever”, en Palermo el público tuvo que hacer esfuerzos para alcanzar la fragilidad de una versión acústica de “Supersonic” esquivando el ruido de los trenes del Mitre que pasan a escasos metros del campo. Y mientras en un estadio a puertas cerradas en Córdoba alcanzó un sonido diáfano y nítido, la situación en Buenos Aires se tradujo a un audio pastoso, que poco pareció importarle a un público efusivo que convirtió su set en un karaoke a cielo abierto.

Si bien Gallagher reconoce su pasado y no tiene problemas en hacer concesiones con él, el énfasis del show estuvo puesto en el debut homónimo de sus High Flying Birds, con nueve de sus diez canciones incrustadas en la lista en el mismo orden en el que figuran en el disco. Los aires épicos de “Everybody’s on the Run” y “(I Wanna Live in a Dream in My) Record Machine” conviven con la balada a corazón abierto de “If I Had a Gun.”, el pulso madchesteriano de “AKA. What a Life!” y los guiños / homenajes a The Kinks de “The Death of You and Me” y “Soldier Boys and Jesus Freaks”.

Más pensado para un público conocedor de todos los recovecos posibles de su carrera (gran parte de los temas de Oasis que tocó fueron lados B o bien distaron de ser cortes de difusión), el show apeló por momentos a la complacencia del ala más extrema de sus seguidores con la incorporación de dos rarezas (la beatleoide “The Good Rebel” y el medio tempo floydeano de “Let the Lord Shine a Light on Me”) y un inédito (“Freaky Teeth”). Ajeno a los pedidos por parte de los presentes (tras escucharlos cantar “Live Forever”, echó por tierra sus esperanzas con un socarrón “Igual no la voy a tocar, así que perdieron su tiempo”), Gallagher recurrió a un cierre con himnos de dimensión de estadio. A poco más de hora y media del comienzo, la adhesión masiva a garganta pelada en “Little By Little” y “Don’t Look Back in Anger” revalidó no sólo el vínculo empático de su público, sino también la certeza de que le sobran las credenciales para reclamar su membresía al Club De Grandes Compositores Británicos, un derecho que para muchos le debería ser negado por la desmesura de su ego. Por suerte para él, las canciones hablan por sí solas.

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